Una anécdota del siglo IV a.C.
Diógenes el Cínico fue invitado a una ostentosa mansión. El anfitrión le advirtió que no debía escupir en el impecable suelo. El filósofo se aclaró la garganta, miró a su alrededor y escupió directamente en la cara del dueño.
Quiso dar a entender que no había un lugar más sucio en toda
la casa.

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